Una cosa que me ha llamado siempre muchísimo la atención es la necesidad que tiene el ser humano de torturar a sus semejantes con sus pésimos gustos musicales.
Con la llegada de los teléfonos móviles y, peor aún, los altavoces portátiles, se ha recuperado y modernizado este cliché del rapero (o hiphopero o, en general, tipo con pinta chunga con más cadenas de oro que M. A. Barracus) con la radio tamaño mastodonte al hombro y la música a todo trapo. Es muy fácil ver a jovencitos (o como dirían en Italia, teenagers) por la calle, en el bus, en el metro, escuchando a un volumen no precisamente discreto tremendas bazofias.
Queridos, si sois de los que vais con la música a todo trapo por la vía pública, os recomiendo que os lo penséis dos veces (sí, pensar, eso que se hace con la cabeza aparte de llevar peinados bonitos o gorras guays): a nadie, absolutamente NADIE de vuestro alrededor le parecéis molones y vuestra música, sencillamente, APESTA (si haces algo de tan mal gusto como ir molestando con música, por muy buena que sea, a todo volumen sin respetar el hecho de que a los demás tal vez les moleste, difícil será que ese mal gusto no se refleje también en tus elecciones artísticas).
Con cariño os lo digo, ¿eh?
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